Quien busca casa en el suroeste de Mallorca acaba preguntando por las playas antes que por los metros de parcela, y hace bien. Una villa con vistas al mar se disfruta desde la terraza, pero la relación con la costa se construye bajando a ella con la toalla al hombro y una hora libre antes de cenar, sin haberlo planeado. En el tramo que va de Peguera a Camp de Mar caben, en apenas unos kilómetros, dos maneras muy distintas de bañarse: la playa urbana, con su paseo y su mesa para comer a mediodía, y la cala a la que sólo se llega andando entre pinos. Desde Bonavida Villas las dos quedan a pocos minutos en coche, y conviene conocerlas bien porque sirven para días diferentes.
Peguera: tres playas y un mismo paseo
Palmira, Torà y La Romana son, en la práctica, un único frente de arena partido en tres por pequeños salientes de roca y cosido por un paseo marítimo que se recorre a pie de punta a punta.
Palmira es la mayor, con más de medio kilómetro de arena fina y el bulevar de Peguera justo detrás; Torà ocupa el centro y La Romana, la más recogida, queda en el otro extremo con unos trescientos metros.
El agua cubre despacio, casi nunca hay oleaje y todo lo que una familia necesita está a mano, desde las duchas y las hamacas hasta un sitio decente donde sentarse a comer.
En julio y agosto tienen el ambiente de los veranos de siempre, con el paseo animado hasta la noche y las terrazas alargando la sobremesa. Es la cara más sociable de esta costa y a nosotros nos parece una virtud, porque una playa con vida a todas horas es lo que más se agradece cuando se viene con familia o con amigos.
Son, de hecho, las que más se usan cuando se vive aquí, y se entiende: se llega, se aparca, los niños se meten en el agua y a las dos hay mesa.
Fuera de temporada enseñan un carácter más pausado, y un baño en Palmira a finales de octubre, con el paseo en calma, explica mejor que cualquier dosier por qué esta costa lleva décadas atrayendo a gente que luego se queda.
Cala Fornells y el sendero a Caló d’en Monjo
Basta seguir la carretera que sale de Peguera hacia poniente para que el paisaje cambie de registro. Cala Fornells es una ensenada pequeña, de arena gruesa y guijarros, encajada entre rocas y pinos que llegan casi hasta el agua.
Aquí se viene con gafas de buceo, porque el fondo es de roca y el agua conserva una transparencia que en las playas de arena se pierde en cuanto hay cuatro bañistas removiéndola. Es diminuta y en verano se llena a media mañana, así que funciona mejor temprano o a última hora de la tarde.
Donde termina el asfalto empieza un camino entre pinar que en unos veinte minutos baja hasta Caló d’en Monjo, ya en el tramo de costa sin urbanizar que separa Calvià de Andratx, junto al Cap Andritxol y su vieja torre de vigilancia. Allí todo es piedra y bosque, y el bar más cercano queda de vuelta en Cala Fornells. Hay que llevar agua, calzado que agarre y cierta tolerancia a la incomodidad, porque tumbarse sobre cantos rodados tiene poco de plácido.
Está además catalogada como playa naturista, un dato que conviene conocer antes de bajar. A cambio da algo que en esta parte de la isla escasea de verdad: una cala entera sin edificar, con el pinar cayendo hasta la orilla.
Camp de Mar, la del islote
Al otro lado del cabo, ya en término de Andratx, Camp de Mar juega en una categoría intermedia. Es una playa de arena de menos de doscientos metros, protegida por dos brazos de roca, con el agua quieta y un islote en mitad de la bahía al que se cruza por una pasarela de madera para sentarse a comer encima del mar. La imagen está muy vista y sigue funcionando.
Tiene servicios, aparcamiento cerca y un ambiente más pausado que el de Peguera, quizá porque detrás hay un campo de golf y un puñado de hoteles en lugar de un bulevar comercial.
Si tuviéramos que recomendar una sola playa a quien llega por primera vez, sería esta, y la razón es sencilla: resume bien el carácter de la zona, cómoda y todavía a una escala manejable, con el pinar asomando siempre por encima de los tejados. En pleno agosto pide madrugar un poco, como casi todo en la isla, pero en junio o en septiembre es difícil encontrarle un defecto serio.
Elegir playa según el día
Lo que da valor a vivir en este rincón del suroeste es poder decidir cada mañana qué tipo de día apetece. Las quince villas de Bonavida, proyectadas por García-Ruiz Arquitectos entre Santa Ponsa y Andratx, miran al Mediterráneo y a las islas Malgrats desde arriba, con piscina propia y a diez minutos del puerto de Andratx, de modo que el mar forma parte de la casa incluso los días en que nadie baja a la orilla. Cuando se baja, la elección es amplia y queda cerca: arena y paseo si hay niños o visitas en casa, roca y gafas de buceo cuando apetece madrugar y tener la cala casi para uno.
Nuestra opinión, después de estos años de obra en la zona, es que una casa junto al mar se amortiza de verdad en las decisiones pequeñas, las de una tarde de mayo o un domingo de octubre, mucho más que en las dos semanas de agosto. Por eso nos importa tanto lo que hay alrededor de una promoción como lo que construimos dentro de la parcela, y por eso esta franja de costa, con sus playas fáciles y sus calas de esfuerzo a un cuarto de hora unas de otras, nos sigue pareciendo de lo más completo que tiene Mallorca para vivir todo el año.
Cómo llegar desde Bonavida
- Camp de Mar: unos cinco minutos en coche. Hay aparcamiento gratuito junto a la playa, que en verano se llena pronto.
- Palmira, Torà y La Romana (Peguera): menos de diez minutos en coche. Se aparca en las calles próximas a la avenida de Peguera y las tres se recorren a pie por el paseo.
- Cala Fornells: unos diez minutos en coche, atravesando Peguera. Sólo hay plazas en la calle, y son pocas.
- Caló d’en Monjo: en coche hasta Cala Fornells y, desde allí, unos veinte minutos a pie por el pinar. No tiene servicios.