En agosto, Sanxenxo está a pleno. La playa de Silgar rebosa vida, el paseo bulle hasta bien entrada la noche y conseguir mesa es casi un arte. Es una imagen magnífica, la que ha hecho célebre al pueblo con toda la razón del mundo. Pero es sólo una de sus estaciones.
Cuando llega septiembre y el ritmo cambia, Sanxenxo no cierra: se queda. Y el pueblo que entonces se despliega (el de octubre, el de un domingo de febrero con el mar picado y la cafetería llena de gente que se conoce por su nombre) es, para quien piensa en vivir y no sólo en veranear, un descubrimiento en toda regla.
El pueblo que aparece cuando baja la temporada
Con la calma de fondo, se revela otra cara de Sanxenxo. Un paseo marítimo para caminar sin rumbo, con el Atlántico marcando el compás a un lado. Una ría que unos días amanece en calma y otros se levanta con carácter, y que en las dos versiones tiene una belleza serena que en pleno bullicio no siempre da tiempo a mirar. La luz de otoño, que en Galicia tiene una hondura difícil de explicar hasta que se ve caer sobre el agua a las seis de la tarde y todo se vuelve cobre.
Y el clima, que carga con una fama injusta. Lejos del tópico de la lluvia perpetua, el invierno gallego regala tregua tras tregua: mañanas limpias y mediodías de sol junto al mar en los que apetece salir a caminar y volver a casa oliendo a salitre.
Debajo del destino hay pueblo. Sanxenxo tiene vida propia los doce meses del año, con su comercio abierto, su puerto trabajando y su gente saludándose por la calle también en enero. Esa continuidad es lo que hace que, además de un destino de vacaciones espléndido, sea un sitio donde se puede vivir. En Sanxenxo caben las dos cosas, y esa es su suerte.
Lo que se disfruta cuando baja el ritmo
Empieza por la mesa. La gastronomía de las Rías Baixas alcanza su mejor momento en temporada fría: buena parte del marisco y del pescado están entonces en su punto, y la sobremesa se alarga sin reloj, con un albariño de la tierra, el de la casa y el de todos los días. Hay algo reconfortante en una comida de enero, con la ría al otro lado del cristal y ninguna razón para levantarse.
Y luego está todo lo que rodea al pueblo y no entiende de temporadas. La senda litoral y los miradores sobre el agua, que en invierno tienen una belleza áspera y limpia. Pontevedra a un cuarto de hora, con uno de los cascos históricos más bonitos de Galicia. Combarro y sus hórreos asomados al mar, O Grove y el balneario de A Toxa a un paso. Todo eso está ahí también en marzo, con la calma añadida de disfrutarlo sin prisa.
En el fondo, es la misma convicción que defendemos en otros sitios donde trabajamos: los lugares que no dependen de una sola temporada son los que de verdad se sostienen, porque conservan su vida el año entero.
Una casa para vivir todo el año
Aquí está lo mejor: comprar en Sanxenxo no obliga a elegir entre sus cuatro estaciones. Te quedas con todas. El verano espléndido y también los meses tranquilos, siempre que la casa acompañe todo el año y no únicamente en julio.
Las Terrazas de Silgar está a cien metros de la playa, pero dentro del pueblo: a doscientos metros del centro y junto al Real Club Náutico. No es una urbanización aislada; tiene al lado, a pie, todo lo que sigue abierto cuando baja la temporada. Y la vivienda está pensada para eso: la aerotermia y unas terrazas integradas con el salón hacen que un domingo de octubre o de abril apetezca tanto como uno de julio, con la ría delante, el café en la mano y la casa templada mientras fuera cambia el tiempo. Son cuarenta viviendas de uno a cuatro dormitorios, con la mirada puesta en el agua durante todo el año.
No termina; abre otra temporada
Sanxenxo no se acaba cuando se acaba el verano. Simplemente abre otra temporada, más íntima y más suya: la del lugar donde se vive, y no sólo donde se veranea.
Hay un Sanxenxo que no cabe en una sola postal. Ese, el de los doce meses, es el que merece una casa pensada para quedarse.