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Vivir cerca del mar está bien. Poder ir andando a todo suele estar mejor

La foto que casi todos tenemos en la cabeza al pensar en una casa junto al mar es la de la terraza con vistas. Y las vistas están muy bien: se miran con el café y quedan preciosas en las fotos. 

Pero la vida real, y más la de una segunda residencia, no ocurre mirando el mar, sino alrededor: en los recados de cada día, en el paseo después de comer, en los planes que surgen de manera improvisada. Y ahí es cuando dejamos de centrarnos en qué se ve desde el salón y nos centramos en qué tenemos al pie del portal.

La diferencia entre tener coche y necesitarlo

El chalet de vistas suele estar en lo alto o a las afueras, y eso trae una letra pequeña: para casi todo hay que coger el coche. Para una barra de pan, para cenar fuera, para que los niños vayan a cualquier sitio. En agosto no se nota demasiado. El resto del año, cuando ese trayecto se repite un día detrás de otro, cansa.

Poder ir andando a todo cambia el tipo de vida que haces. Bajas a la playa sin montar una expedición. Sales a cenar y vuelves paseando. Los adolescentes pueden moverse solos, que a esa edad es media crianza. Y aparecen esos planes espontáneos que, cuando dependes del coche, sencillamente no llegan a ocurrir. En la práctica, eso cambia por completo cómo se vive el sitio.

Por qué la segunda residencia aislada se disfruta menos de lo pensado

Un chalet apartado con buenas vistas promete tranquilidad, y la da. Pero también aísla, y eso se nota sobre todo fuera de temporada: ves a poca gente, dependes del coche para todo y la casa que ibas a usar mucho acaba usándose poco, porque cada visita exige planificarse. La vista sigue ahí, magnífica, pero no compensa conducir veinte minutos para comprar leche.

Para quien busca retiro de verdad, esa casa tiene todo el sentido. Para quien quiere disfrutar el sitio y usarlo a menudo, no tiene ninguno. No es que una opción sea buena y otra mala; es que resuelven cosas distintas, y conviene saber cuál buscas.

Las Terrazas de Silgar: dentro del pueblo, no en las afueras

Las Terrazas de Silgar está justo donde importa: a cien metros de la playa de Silgar, a doscientos del centro de Sanxenxo y junto al Real Club Náutico, con el hospital a un paso. Es decir, tienes el mar delante y, a la vez, todo lo que hace fácil el día a día sin coche: los recados, los restaurantes, el paseo marítimo, la vida del pueblo.

No hay que elegir entre estar cerca del agua y estar cerca de todo lo demás, que es la elección incómoda a la que obliga la segunda residencia aislada de siempre. Y la vivienda acompaña (cuarenta viviendas de uno a cuatro dormitorios, con terrazas y aerotermia), pensada para usarse todo el año, no sólo las semanas de playa. Una ubicación así es, además, de las que sostienen su valor con los años.

La vista es a ratos; el paseo es a diario

Una buena vista es un lujo que se disfruta a ratos, con el café en la mano. Poder salir de casa y llegar caminando a la playa, al mercado o a cenar es un lujo que se disfruta todos los días.

Cuando puedes tener las dos cosas, la elección es sencilla. Y en Silgar no hay que renunciar a ninguna.

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